lunes, 9 de mayo de 2016

Lucidez del último párrafo

¡Traidor! ¡Mentiroso! Hoy he vuelto a perder la cuenta de los días, ¿sabes? Me has engañado todo este tiempo. Esta será la última vez que te escriba entre las frías paredes que me aprisionan, ¡lo juro!

Yo era un buen estudiante. Terminé la carrera y me puse a buscar trabajo. Pobre de mí, pues la crisis me había dejado una España arruinada. Mi familia me sugirió irme al extranjero pero las cuentas no me cuadraban. Entonces, la conocí a ella; una becaria rusa en prácticas, preciosa. Sin embargo, regresó a su país, no sin antes prometerme que un día volvería a por mí. Qué ingenuo...

Pasaron los meses y la rusa no apareció. Después de aquello, empecé a frecuentar los bares. No sé cómo pasó; pero una vez me enredé en una pelea de borrachos. Pensé que a partir de ahí todo iba a cambiar, y así fue...

Terminé en este sitio. Aquí todos te miran con cara de asesino. Hay veces que hasta me contagio. A menudo me paro a reflexionar y llego a la conclusión de que voy mejorando. Hoy he descubierto quién me escribía todas esas cartas que aparecían bajo mi cama. No sé cómo no me había dado cuenta antes. Una de las cartas empezaba: “¡Traidor! ¡Mentiroso!”... y el resto ya lo sabes.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Uncle Petya's Samovar

It is Petya's birthday today, and, like every year, all the family visits him. The most interested are, undoubtedly, the children, always remaining in awe with Petya's insatiable playfulness, who always prepares a few surprises for the youngest.
All the children seem to look at Petya, avidly, who is now holding a huge wooden spoon. He smiles, moving the spoon towards the shiny samovar.
"What is uncle Petya going to take from the samovar?"
The children soon reply, in a cacophony of diverse answers, showing their impatience to know what there is inside:
"A dead fish!"
"An old man's eye!"
"A bald bat!"
"The ashes of our pet dog!"
He twists and turn the huge spoon into the samovar, with thick steam swiftly rising around his arm. He lifts the spoon, full of a grey, oily liquid, splattering everywhere and leaving dark stains wherever it falls.
"What is that, uncle Petya?" He proceeds to dilute the fluid with some hot water and gives each of the children a cup.
"It is a new recipe that I have been working on! It is a juice made with all sorts of wild fruits that I picked this week, together with a blend of spices that I have invented."
The children all smell their cups in awe, marvelling at the pungency and complexity of the aromas. Everyone starts to drink, attempting to enjoy the fruity, but bitter, flavours. The taste, strong and similar to that of a sweet concentrated leaf extract, is not putting them off; they all appear to want to please their uncle and make an effort to sip their astringent beverages.
A crash is heard, everyone turns around to see one of the porcelain cups smashed on the floor, next to a small puddle formed by its remaining contents. The children start reproaching him for dropping it.
"Come on, you should be more careful next time!"
"Is it really that difficult to hold a cup?"
"How did you drop it?"
Meanwhile, some of them calm down and try to soothe the more nervous children:
"It's not that important, we can clean up later."
"It might probably be because he passed out."
"And away."
"Uncle Petya, can you bring me something for me mop it up with?"
Uncle Petya brings a small cloth to do so and everyone soon calms down, once they clean up the spilled drink and take the broken fragments away. Nobody is looking at the corpse any more and everyone continues sipping their drinks. A series of crashes shortly followed, with three more children having dropped their cups, and their bodies. This time uncle Petya tries to clean up the mess. The other children are no longer surprised.
"Why are they being so careless?"
"Uncle Petya, next time we should not drink from these porcelain cups."
"Not that we were going to do so: they have broken four already!"
Some thuds and crashes are heard, everyone is now on the floor, next to smashed cups. I imagine that if uncle Petya could still think, he would be regretting that he took the pottery out. He would most definitely be disappointed with how everyone has broken their cups. Nobody has even bothered to clean up afterwards, either! He might consider that it is a bit simpler to do it while alive, but surely, at least back in the old days, children would always be eager to help, and today only one offered to do so. The samovar is still not empty at all. It had been fun to put some of those herbs in it, right? They imparted a really nice flavour, herbal and bitter; their toxicity is somewhat irrelevant, although the collapsing bodies had surely brought some interesting notes to the atmosphere of the place. I think that uncle Petya might have wanted some more cinnamon in it. He had added a few cloves to the mixture when he was steeping it, but he did notice that it might have been slightly too strong, especially for the children's palate. It would maybe taste better with some honey? The ginger gave it a brilliant flavour too, but maybe his best idea was to use marjoram that he bought in the city a few days ago.

domingo, 24 de abril de 2016

On Concealed Life

It truly is an obstacle, if any are such, to proceed coldly as a squalid pilgrim, feeble in his energy and with a crippled destiny that nobody, but he, knows. Walking unaided through imagination, left to dissolve in time like the sob of an unwary baby, unimportant yet tragic: to be abandoned in vespertine shadows. The beginning, as far as we understand, of a voluntary evasion, an alienated mind seeking warmth in the deterioration of hope… the evanescence of a silhouette blending into the clouds with the last sighs of defeat.
Praised and admired, but inadequate, drowning in the shallowest of seas while leaving a trail underneath the diffuse feet, sparse but ventilated, driving the force of reason beyond its limits to comprehend that which comes of intuition. Atemporal, static, yet the banks extend uniformly, unfolding unto the distance, leaving no motive to follow or to continue. The water is ethereal, surreal, vanishes upon touching, revealing an empty space with no definition, cotton-like but imperceptible.

The gushing waves sieve against his weakness, the clear blue aura blurring the horizon and spreading the field of immaterial consistency in all directions, diffusing itself around the body, now nowhere, firmly attached to the absence of ground, wailing haplessly during its eternal impassivity. And gone.

lunes, 14 de julio de 2014

El Mártir


          Cuando te desvías por la primera salida de esa carretera al entrar a la Rioja, sigues por un camino que te lleva directo hacia las montañas, alejándote un poco del Ebro, y en muy poco tiempo llegas a una pequeña aldea mal señalizada de apenas unos cien habitantes. En uno de los caminos que salen del pueblo – simplemente hay que preguntárselo a los agricultores de por allí – puedes llegar a la casa de los Serrano. Se puede ver que es una casa de campo un poco más grande que las de alrededor, con una huerta extensa desde la que se adivinan los viñedos de más abajo. Aunque sigue un tanto apartado de las montañas, parece que ya estuvieras entre ellas, pues la casa está rodeada de pinos. No es una casa excesivamente impresionante. Es normal, pero la familia cuenta con una historia movida y que trata de olvidar.
          Hace unos años, el hijo más pequeño de los Serrano, Arturo, cumplía los veinte años. Desde pequeño, los padres habían detectado que tenía comportamientos peculiares y en ocasiones hablaba solo. Es cierto, pues, que Arturo no estaba bien, pero no debes hacer caso de los rumores que circulan por el pueblo que todo lo que han hecho ha sido hundir a la familia un poco más, si cabe. Pues bien, Arturo había nacido en una familia conocida desde hace muchos años del pueblo y tenía el futuro en el campo o en el pueblo. Desde que nació todos le adoraban, y ahora que cumplía veinte años muchos vecinos de la comarca habían venido a felicitarle y a pasar una tarde con la familia. En cuanto a la familia, una joya: hospitalarios, amables, agradables y solidarios; por ello eran tan apreciados por sus conocidos.
          Arturo no estaba bien. Estaba enfurecido y triste al mismo tiempo. Desde que era un adolescente comenzó a ir a la parroquia de manera habitual, y cada año iba más veces a la semana. Los monaguillos fueron los primeros en observar su carácter y hablaron con el cura sobre su presencia tan común. Un día cualquiera, el cura asistió con preocupación a casa de los Serrano para hablar con la familia. Preguntó si había muerto alguien recientemente, o si podía haber alguna razón que justificara la actitud del hijo. Los padres no conocían nada sobre las costumbres de Arturo y rechazaron las insinuaciones del párroco.
          Tras unas semanas en las que escuchaba los sibilantes rezos del muchacho, el cura decidió avanzar por su cuenta y le llamó para hablar con él. En este pueblo perdido, el párroco era el responsable de dar respuesta a este tipo de situaciones y orientar la actitud de aquellos que lo pedían. Pero Arturo no pedía nada. Los monaguillos tan solo oían desde la otra punta del templo algunas incongruencias y palabras inconexas que desembocaron en un grito de rabia. El cura se apartó rápidamente, pálido y sorprendido. Arturo salió corriendo de la parroquia y entró en su casa, desorientado. Se encerró en su cuarto y sollozaba. De vez en cuando llamaba a su madre y soltaba pequeños aullidos de dolor junto con frases incoherentes en las que hablaba sobre el miedo y los habitantes del pueblo. En dos días salió, agotado, de su habitación. Estaba demolido por haber dormido poco y haber comido muy poco. En un mes la familia recordaba el suceso con relativo sentido del humor.
          En su vigésimo cumpleaños, los vecinos se habían pasado por la casa, y el párroco aprovechó para hablar con los padres y los dos hermanos mayores sobre él. La familia, aunque lo ocultaba para no llamar la atención en el pueblo, era agnóstica y, de todos modos, escuchaba al hombre con cierta atención ya que asumían que se trataba de un acontecimiento puntual. A pesar de ello, Arturo comenzó a tener las mismas experiencias cada vez más a menudo y rompía ventanas de las casas de los vecinos, gritaba por la noche y se le vio una vez mordiendo el cuello de una gallina viva. Cada vez se descontrolaba más y los problemas comenzaron a aparecer.
          La familia trataba de pagar por los destrozos que originaba su hijo, pidiendo paciencia y ayuda a los vecinos. Pero estos, al contrario, habían comenzado a sentirse inquietos y enfadados con el joven. Unos grupos de vecinos amenazaron a la familia con capturar a Arturo y matarle si volvía a causar problemas en el pueblo. El pueblo afirmaba que Arturo era un peligro y que ya no era normal, con lo que le llamaron el Engendro. Los Serrano no tardaron mucho en encerrarle en el sótano de la casa, en el que le daban comida y agua y no le dejaban salir fuera. Aun así, consiguió huir de la familia que le mantenía prisionero para protegerle y huyó a la parroquia donde el cura le vio.
          Con compasión, este se acercó al joven y le tranquilizaba con palabras suaves y cariño. Él era el único que le quería del pueblo, y Arturo lo sabía. Durante su cautiverio, había estado gritando y hablando solo durante mucho tiempo, pero además había encontrado material para escribir y le entregó un conjunto de folios escritos al párroco, como aquel que entrega un manuscrito sagrado. En su cara se dibujaba una sonrisa relajada, pero sus ojos estaban muy abiertos y asustados, que le conferían un aspecto aterrador. Ya había anochecido y el cura le acompañó a un cuarto donde se dispuso a leer el texto. Arturo le miraba y le paró, asustado, antes de que comenzara a leer. Su mirada reflejaba angustia y horror. Empezó a susurrar con tensión y aullando de terror, temblando, cada vez más fuerte. El párroco no lo comprendía. Mirando el texto observó patrones numéricos que se repetían e imágenes de su cara y el pueblo, o más bien sus interpretaciones.
          En sus dibujos y esquemas se mostraba a os vecinos con las facciones desproporcionadas y los ojos muy abiertos. Había conjuntos de letras irreconocibles que se podían observar encima de los ciudadanos y dibujos de criaturas grotescas. El cura entonces observó que el cielo se comenzaba a iluminar. Saliendo a la calle para verlo mejor, observó que el campo estaba en llamas. Se giró horrorizado hacia Arturo y él se comenzaba a reír, con lágrimas en los ojos y gritando con miedo al mismo tiempo.
          Arturo no estaba loco. El pueblo le perseguía, él estaba dentro de su persecución. En su casa solo habitaban monstruos y en la parroquia había serpientes que trataban de atacarle si estaba desprevenido. En las casas la gente se había parado a mirarle y se convertían en escorpiones enormes y peludos que se precipitaban a un abismo que ocupaba lo que antes era la Plaza Mayor. La hierba se desvanecía y se convertía en agujas de jeringuillas con venenos letales y de la carretera salían ciclistas con ballestas dispuestos a torturarle.
          Entonces entraba en el campo incendiado de su casa y los alrededores, rociándose con un bote de gasolina y clavándose una navaja en los brazos para huir de ellos. Se decía a sí mismo que le adoraban, que le querían, que sus padres querían encerrarle para que nadie más pudiera ser feliz. Saliendo le entregaba la felicidad a la humanidad. Era un mártir. Un mártir de la alegría, del altruismo, de la humildad. Y no estaba solo. El cura y los monaguillos que estaban detrás también querían hacer lo mismo que él para encontrar la felicidad. Pero ya era tarde para verlo. Otro día, quizá. Mientras tanto, su hermano mayor volvía a entrar en casa.

Pérez

               Era el típico pueblecito de la costa, vendido en los folletos turísticos de las agencias de viajes como un lugar de grandísimo arraigo marinero y de una interesantísima historia de conquistas y otras situaciones bélicas. Ese tipo de pueblo que hace tiempo que ha dejado la tradicional pesca para pescar turistas y que ha sustituido las conocidas pescaderías por las nauseabundas tiendas de souvenirs. Muchos de los habitantes se refugian en las casas que aún perduran entre tanto revoltijo de apartamentos, bungalows e incluso pequeños resorts hoteleros que parecen sacados de un Todo a Cien de decoración ecléctica que confunde el Mediterráneo occidental con las islas de la Polinesia.
Cabe añadir que muchos de los pobladores que se ven machacados por el continuo ajetreo de las calles en verano, el hacinamiento en las playas y las calles aplastadas por las congestiones están un tanto cansados de tanto jaleo.
Pero este no es el caso de Pérez, que se pasa toda la tarde en un sofá algo mugriento en una de las calles centrales. Pérez, que vivía con su mujer, era el reflejo de la nueva población del pueblecito: gente que le compra a los locales su casa (que huyen despavoridos del alboroto) cuando tienen ventimuchos años para estar con su pareja que si fiesta, piscina, playa, bohemia... en fin, de dejados de la vida. Antes de que se enteren, los años pasan y se ven con cuarenta años, un trabajo que creían que iba a ser temporal, durmiendo en pantalones cortos encima del sofá viendo la tele y comiendo patatas de bolsa y con una absoluta falta de voluntad para cambiar su situación.
Sí, ese era Pérez, al que se le habían venido las décadas encima y que no se daba cuenta de que los años noventa ya habían quedado atrás. En verano, se disfrazaba de pescador mientras servía cañas en uno de los bares del pueblo, si había suerte. Si no, pues malvivía de hacer el payaso en la calle durante las fiestas, de montar castillos hinchables en las urbanizaciones de la zona o de lo que pudiera comer durante un tiempo en el siglo XXI. Eso sí, hay que reconocer que Pérez era un hombre feliz. Vivía contento, en su mundo, apartado de la realidad, pero más que alegre. Su mujer, al contrario, había aceptado tras unos cuantos años su vida tras no poder ni querer hacer nada para dejar de hacer el ganso y buscar otro modo de salir adelante. Se dedicaba a aprovechar cualquier ocasión para ganar algo de calderilla y arreglar (si se podía) el pésimo estado de la casa, leyendo revistas del corazón y, básicamente, tratando de empujar hacia otro lado la prensa hidráulica que les estaba chafando. Se pasaba por el supermercado en chanclas, camiseta ancha y sombrero de paja, de esos que ponen el nombre de alguna cerveza de propaganda, con un aspecto desaliñado y asimétrico.
Se levantaban tarde, desayunaban un café aguado con galletas baratas, comían sándwiches y patatas de bolsa y cenaban cualquier cosa que quedara en la nevera, a horas bastante tempranas. Los vecinos, comúnmente extranjeros y de alquiler, que durante las dos o tres semanas que ronroneaban por el pueblo estarían tan despistados como el matrimonio, también tenían durante un tiempo un horario parecido, aunque sin trabajar. Está claro que Pérez y su mujer vivían en una especie de vacaciones perpetuas, adormilados, sin conocidos en el poblado estacional, sin amistades ni cosas que hacer en los fines de semana. No se sentían solos, de todos modos. De hecho sería sorprendente que sintieran algo aparte del deseo de dormir, comer, dormir, comer... Todo un paraíso, ¿verdad? Una utopía. Beberse una cerveza caliente de las que están en oferta con un ventilador a máxima potencia desfigurándote la cara mientras ves una telenovela en un televisor viejo, sucio y feo. Tampoco es que hubiera nadie para juzgar su estilo de vida. La mesa del salón tenía unos cuantos periódicos viejos, revistas con manchas de comida y todo tipo de objetos varios: conchas, piedras, décimos de lotería, papeletas de rifas de peluches de la feria, descuentos para comer en locales de comida rápida, anuncios de muebles... No se identificaba la mesa bajo todo ese estropicio.
Una tarde, durante la última semana de agosto, Pérez se fue en bicicleta hacia un acantilado que había muy cerca de la zona urbanizada. Estuvo disfrutando de las vistas: las playas en las que cada vez había menos gente, las gaviotas que no paraban de chillar y revolotear alrededor del pequeño puerto, todos los turistas que agarraban el volante para huir de aquel breve descanso de su rutina para volver a su vida, su trabajo, su familia... Eran meros desconocidos, que venían, se iban, formaban el grueso de la población estival y a su paso no dejaban recuerdos, ni nombres, ni nada. Todo se convertía en un sueño al volver en otoño. Los dueños de los establecimientos hoteleros se frotaban las manos con ansiedad, sin miedo a que los que permanecían en la localidad notaran ese vacío de experiencias y de gente que abandonaba una vez que recordaban la rutina – claro, que los pescadores que durante el verano no eran más que maniquís y curiosidades para los turistas volvían a sentirse libres.
Pero Pérez no era pescador. Pérez ya no era nada, era un simple turista al que se le había escapado el tren de vuelta, un mero destello de lo que parecía un sueño pasajero. Él no se sentía libre, sino solo. Estaba atado a un pueblo sin futuro, un nido de golondrina que se rompía una vez que estas desaparecían durante una temporada. Él se había convertido en un pirata sin barco, de capa caída, que ya no podía volver al mar ni veía el horizonte más allá de la costa. Por eso, una vez que saltó del acantilado para estrellarse contra las rocas del fondo no murió. Su mujer no veía más lejos de la bolsa de patatas y la lata de cerveza caliente de la mesa. El pueblo permanecía imperturbable, tranquilo, pausado, atenuado por el ruido de las olas.
Justo antes de caer, extrajo de su bolsillo lo que parecía ser un trozo de queso que se había quedado allí algún día de la semana. Lo mordisqueó sin interés mientras se precipitaba hacia el abismo mientras pensaba que se había dejado la bicicleta sin cadenas y que cualquiera que pasaba la podría robar. ¡Menuda mala suerte! Tampoco es que fuera de muy buena calidad. De hecho, estaba algo oxidada por los años y la sal y la rueda de atrás estaba muy machacada. Sonrió, recordando cómo había entrado en el quiosco de la plaza Barcelona y cogió la revista del corazón con la que regalaban una gorra y salió sin pagar. Claro que, pensaba mientras fruncía el ceño, no se había leído la revista todavía y la gorra tampoco la había estrenado. Tras perdonarse por ese desliz se repite que ya habrá tiempo para todo eso, abriéndose la cabeza en dos con una de las grandes rocas que sobresalían por encima del agua.

casi historias cortas

En este blog voy a subir historias cortas. Para ser precisos, hay varias que no llegan ni a historia y que solo dan pinceladas sobre el tema, por lo que lo decidí llamar "casi historias cortas". Las historias que cuento no suelen estar basados en hechos reales a priori, pero, al parecer, hay ciertos matices que se parecen bastante a las realidades de algunos lectores por lo que lo dejo a libre elección. Dicho de otro modo, no me importa lo que desees pensar. Lo lógico, también, es que hay ocasiones en las que llevo la historia al extremo del absurdo o reincido e insisto en sutilezas bastante irrelevantes, por lo que, si tiene una conexión con la realidad, la he deformado bastante en algunos aspectos (espero).
Con esta entrada comienzo mi blog y espero que sus historias desconcierten, sorprendan y, en su justa medida, hagan pensar.